Las máquinas se alzaron desde las cenizas del fuego nuclear.

Su guerra para exterminar a la humanidad ha durado décadas, pero la batalla final no tuvo lugar en el futuro, sino que aqui, en el presente.

Esta noche.

Parece que el 2014 ha sido el año de los aniversarios. Los 75 de Batman, 30 de Transformers y de Los Cazafantasmas, 20 de Forrest Gump y Pulp Fiction y así. Y entre tanta celebración no podía quedar afuera este filme de 1984, que dio pie a una franquicia que continúa desarrollándose (aunque últimamente más a los tropiezos) y que pronto se convirtió en un clásico de la ciencia ficción y del cine blockbuster de todos los tiempos.

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El T-800 en su forma humana

Dirigida por James Cameron, The Terminator nos presenta un cyborg, T-800 (Arnold Schwarzenegger), robot de apariencia humana enviado desde el año 2029 para eliminar a Sarah Connor (Linda Hamilton), una mujer común y corriente pero cuyo hijo, John, en el futuro liderará la resistencia contra la inteligencia artificial Skynet, que en algún minuto se rebelará contra la humanidad e iniciará una cruzada por su extinción a merced de las máquinas. Como la única forma de que John Connor no inicie su resistencia, envían a este humanoide a 1984 a evitar su concepción, matando a su futura madre.

Pero la resistencia ha conseguido enviar a su propio agente, Kyle Reese (Michael Biehn), para proteger a Sarah, personaje que terminará siendo más que un mero guardaespaldas para la chica y tendrá una importancia tremenda para su bando.

Para comprender el legado de Terminator, pongámonos en perspectiva.

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Sarah Connor y su guardaespaldas del futuro Kyle Reese

Durante los ’80, la Guerra Fría daba sus últimos estertores, y con un presidente republicano de la vieja escuela como Ronald Reagan, el orgullo de ser americano lo rebalsaba todo. Y el cine no era la excepción. Los 80 fueron la década en que los Stallone, los Van Damme, los Norris, los Lundgren proliferaron en cintas donde, sin ayuda de nadie, desarmaban mafias completas, derribaban ejércitos enemigos sin fracturarse un dedo, y plantaban la bandera de barras y estrellas rodeados de un halo de grandeza. Películas y actores que, con todos los defectos que se le pudieran achacar (desde sus escasas capacidades histriónicas, pasando por los argumentos simplones que llevaban a la pantalla, hasta el nada disimulado proselitismo pro estadounidense) era un cine que se disfrutaba sin más complicaciones.

Arnold Schwarzenegger era uno de ellos, aunque de no haber sido por Terminator, no la hubiera contado.

Y Terminator era un filme que escapaba a este estereotipo por mucho. Partiendo de la base que Schwarzenegger no era humano. Ni de este mundo (en cierto modo). Ni era tampoco el bueno.

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El T-800 modo máquina de matar

El conflicto en torno al cual nace este Exterminador no reconoce banderas ni fronteras ni bandos políticos distintos. Tanto el Terminator como Kyle Reese vienen de un mundo donde las luchas políticas han quedado en el pasado. No existe Estados Unidos, ni la Unión Soviética, ni ningún otro país. Con suerte existe la humanidad, reducida a una breve resistencia para enfrentar a las máquinas, que paulatinamente fueron apoderándose del planeta. Esta realidad es el caldo de cultivo para la resistencia, encabezada por John Connor, y éste, a su vez, origina la creación de máquinas humanoides, o cyborgs, siendo el T-800 apenas el prototipo de ellos. Y para los viajes hacia atrás en el tiempo, para ambos bandos, uno mejor posicionado en ese sentido, que el otro.

Terminator no se demoró mucho en convertirse en un clásico. Fenómeno de taquilla a nivel mundial, incluso en Chile, donde en una época pre-multisalas, pre-internet, las películas llegaban con desfase y se mantenían largo tiempo en cartelera, muchas veces artificialmente. Terminator no fue el caso y en nuestra taquilla repitió el fenómeno que venía dándose a nivel mundial.

Y es que pese a la precariedad de su realización (vista con los ojos actuales, digamos), la historia que se plantea es tremendamente compleja para el promedio de la ciencia ficción mainstream, pero muy clara de entender no obstante todos los recovecos en que se involucraría ya desde el inicio.

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Sarah Connor en Terminator 2: Judgment Day

Terminator derriba, o al menos contribuye a derribar unos cuantos mitos. Por una parte, en una época en que la ciencia ficción se componía principalmente de grandes epopeyas ambientadas en galaxias lejanas o fronteras finales, o simplemente en la exploración y el contacto con otras especies, corre más por el carril de obras como Blade Runner: realidades oscuras, deshumanizadas, donde el hombre aparece sobrepasado por su propia obra, que ha terminado por imponerse y buscar la eliminación de su creador. Por otra parte, pero en un mismo sentido, demuestra que el cine de acción puede ser más que un surtidero de balazos, explosiones y combos, pudiendo ser capaz de contar historias inteligentes y bien planteadas.

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En Terminator 2, Arnold vuelve como el bueno de la película

También contribuye a destruir el mito de que segundas partes no son buenas, sino que, por el contrario, pueden ser superiores a sus películas madre. Hablo de la increíble Terminator 2: Judgement Day, de 1991, varias veces superior- en más de un aspecto- al filme que este año cumple las tres décadas. Lástima que las secuelas de 2003 y 2009 no hayan sido capaces de estar a la altura.

Y claro, nos dejó una de las franquicias más reconocibles y queridas de las últimas décadas — dio pie a cómics, novelas y hasta un spin-off televisivo, The Sarah Connor Chronicles, de corta vida pese a su buen desarrollo — y estableció a Arnold Schwarzenegger como uno de los grandes del cine con harta testosterona, y como un ícono incuestionable de la cultura popular de fin de siglo.

Con una nueva película anunciada para el año 2015, una vez más con Arnold Schwarzenegger a la cabeza, y con Emilia Clarke (Game Of Thrones) en el rol de Sarah Connor, nos queda claro que Terminator sigue vigente. Esperemos, en todo caso, que esta quinta entrega de la serie mejore el panorama heredado de las dos últimas secuelas. Terminator merece algo mucho mejor que eso.