A medida que me acomodaba en un sillón el pasado lunes por la noche, dados poliédricos listos, salía de mi vida monótona de trabajo y escuela para convertirme en otra persona; una hechicera con habilidades místicas y un grupo de amigos con poderes similares. Esa noche ya no éramos un vendedor, un administrador de redes, dos dueñas de casa y un gerente de restaurante. Esa noche podríamos matar un dragón.

Cualquiera que haya jugado algún Final Fantasy o creado un toon en World of Warcraft ha experimentado un ejemplo de un juego de rol. RPG’s, como son llamados a menudo por aquellos que los juegan, son juegos en los que el jugador asume el papel de un personaje ficticio y se responsabiliza por las acciones de ese personaje dentro de un conjunto o sistema específico de reglas. A diferencia de los videojuegos, los RPG’s de mesa típicamente tienen lugar en mundos o dimensiones imaginarios y la dirección del juego se basa principalmente en la descripción de los acontecimientos por parte del narrador.

En el mundo real, mi grupo de jugadores se conocen desde hace más de una década. Desde la secundaria o antes, nos hemos estado reuniendo en sótanos y cafeterías nocturnas para calcular modificadores de habilidad y lanzar puñados de dados poliédricos cuyo número de caras varía de cuatro a veinte. En nuestro tiempo juntos, este grupo de adultos ha visto casi de todo en el mundo real y aún más en los que hemos creado para nosotros mismos. Experiencias reales e imaginarias se han combinado para formar lazos inquebrantables entre nosotros. Los vínculos imaginarios, sin embargo, están a merced del Game Master (GM, para abreviar) —quien asume la carga de tramar los giros y vueltas de fortuna para todo el grupo.

“Dirigir juegos es satisfactorio porque he pasado de escapar indirectamente a través de otros personajes”, dice Alejandro Rodríguez, quien ha escrito y facilitado muchos RPG’s para el grupo, desde el futurista Shadowrun al clásico Dungeons & Dragons. “…es más un ejercicio de comprensión de cómo funciona el mundo, ya sea fantástico o real —para crear una experiencia creíble”. GMs como Rodríguez reciben tanto o más del juego como los propios jugadores. Ellos son dueños de su propio universo, por el tiempo que dure la historia.

En un rincón de la habitación, el envoltorio de celofán de unos snacks es arrugado y justo a mi lado el sonido de masticar crea un fondo rítmico para la conversación entre un ladrón y un guardia de la ciudad. Nuestro ladrón lanza un grueso dado de 20 lados sobre la mesa con un ademán, anunciando que va a hacer una zancadilla al guardia. El GM lanza su propio dado para salvar a la pobre víctima pero se queda corto. El ladrón hace tropezar con éxito al guardia, que cae al suelo, lastimándose. Con un puñado de dados de seis caras en la palma de la mano, el jugador tira para saber cuánto daño ha hecho su ataque.

El ruido de los dados golpeando la mesa es reconfortante y familiar. En un mundo donde el azar es silencioso y a menudo impredecible, lanzar un número determinado de dados para determinar éxito o fracaso tiene una cierta estabilidad propia. “Creo que una gran parte de la diversión es jugar rol en un mundo que ES justo, en el que cualquiera puede ser un héroe, en lugar de estar sujeto a las condiciones e injusticia de la vida real”, dice Anthony Lowery, un jugador entusiasta de toda la vida de Chicago, Illinois.

Uno de nuestros jugadores de los lunes por la noche tiene un guerrero bárbaro llamado Kothar quien puede enfurecerse repentinamente y hacer grandes cantidades de daño. Mike, el jugador que creó a Kothar, está en sus 30’s, entre trabajos y esperando su primer hijo. Mientras su vida real puede parecer una montaña rusa por ahora —el futuro de Kothar está completamente bajo su control. Las decisiones que toma por Kothar determinarán si el guerrero vive o muere —pero de cualquier manera, Mike es el dueño del destino de alguien.

Tal vez ese es el atractivo de los juegos de rol de mesa para todos nosotros, hasta cierto punto.

Es casi medianoche y el GM está describiendo una escena a sus jugadores; paredes frías de piedra ascienden a una oscuridad cavernosa y el sonido distante de agua de una fuente invisible genera ecos. El suave sonido imaginario es interrumpido, sin embargo, por el ruido de las pulsaciones de teclas en un laptop. Esto no es más que un contratiempo menor en la fantasía. El escape de los juegos de fantasía tiene un fuerte atractivo para que quienes se sumergen en ella renuncien a la ilusión. En el reino de la fantasía siempre puedes tirar los dados y lograr algo épico —como ignorar Facebook durante unas horas más.